La herencia de mi cordillera

La herencia de mi cordillera

No hay geografía que alcance modelar el territorio de la madre. ¿Cómo se retrata el lugar que nos antecede, que nos anticipa, y que nos nace? En el intento, de repente emerge una ola y una montañosa memoria dibuja un ejército de ríos; nace una blanca hemorragia y manifiesta el océano de mi raíz. De mi madre nace la galaxia que me sobrevive. En ella, hay algo ciertamente infinito.

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Texto Curatorial:

-Luisa Fernanda Lindo, Lima, Septiembre 2017

Mi cuerpo jamás encuentra su grado cero,

nadie se lo da (¿quizá tan solo mi madre?).

Pues no es la indiferencia lo que quita peso

a la imagen (…) es el amor, el amor extremo.

Roland Barthes

¿Qué es lo que nos precede como individuos? Los paisajes nos preexisten, así como el espacio en el cual nos gestamos como seres vivos. En ese desplazamiento entre el vientre materno, la tierra originaria y los espacios que nos albergan en nuestros años de vida, Gihan Tubbeh construye un recorrido alegórico alrededor del territorio de la madre:

No hay geografía que alcance modelar el territorio de la madre. ¿Cómo se retrata el lugar que nos antecede, que nos anticipa y que nos nace? 

En el intento, de repente emerge una ola y una montañosa memoria dibuja un ejército de ríos; nace una blanca hemorragia y manifiesta el océano de mi raíz. 

De mi madre nace la galaxia que me sobrevive. En ella, hay algo ciertamente infinito. 

La herencia de mi cordillera reúne una serie de imágenes -realizadas en los Andes peruanos y en el desierto de la costa norte del Perú y Chile- en donde el territorio se vuelve una excusa para hablar del origen, de lo que se hereda, de lo que reconocemos como propio.

En la primera sala de la galería, el paisaje aéreo del desierto se presenta como una cartografía donde su superficie remite a las imágenes captadas por el ultrasonido y donde los ríos van trazando surcos que, como las líneas de la mano, inducen al espectador a asumir la figura del quiromante en el intento de leer en ellos un futuro incierto.

Una ola cargada de furia emerge en la oscuridad y, en el empeño de la fotógrafa por asirla, pareciera implosionar en caída libre. Seguidamente, lo que aparenta ser una ola en retirada pareciera arrastrar todo indicio del pasado -como si los recuerdos reclamaran una incalculable matemática que se abre en geometría-, conduciendo al espectador hacia otro territorio.

En la segunda sala, la superficie erosionada de la cordillera negra, cuyos pliegues asemejan a una columna vertebral reptante, despunta el anhelo de adentrarse en su interior. Acompaña a esta, nueve imágenes espaciales distribuidas en serie cuyo formato emula al de las fotografías antiguas, como una genealogía que deja constancia de la herencia familiar. Contrapuesto se halla una pieza audiovisual conformada por imágenes producidas por ultrasonido que -a manera de coda- cierra el recorrido en la sala.

Por último, un paisaje macroscópico simula una nube suspendida en la galaxia que, a su vez, nos suspende en su contemplación. Acaso sea el inicio o el final de algo.

El posicionamiento de la fotógrafa frente al objeto no solo determinará la manera cómo ese objeto llega a nosotros sino que el extrañamiento será inevitable. El recorrido por estos paisajes apocalípticos nos coloca entre la ternura y el vértigo, entre lo familiar y lo desconocido, en la subversión de la imagen.

Para Barthes, la fotografía es subversiva, no cuando asusta, trastorna o incluso estigmatiza, sino cuando es pensativa (Barthes, 1990: 81). Me animaría a decir que las imágenes de Gihan Tubbeh son subversivas en la medida en que nos hacen reflexionar y alteran el orden establecido; rompen con aquello que creemos conocer para presentarnos la sutileza, el detalle. La fotógrafa nos recuerda que eso que vemos no es el paisaje. Por ello, al inicio de este texto, advertí que el territorio se vuelve una excusa para hablar de lo que se hereda.

Tubbeh, nos induce a despojarnos de lo aprendido para dejarnos aprehender por la imagen. Acaso como Barthes cuando refiere al deseo de habitar que le produjo la imagen del “Alhambra” de Charles Clifford:

(…) es fantasmática, deriva de una especie de videncia que parece impulsarme hacia adelante, hacia un tiempo utópico, o volverme hacia atrás, no sé a dónde de mí mismo (…). Ante esos paisajes predilectos, todo sucede como si yo estuviese seguro de haber estado en ellos o de tener que ir. Freud dice del cuerpo materno que “no hay ningún otro lugar del que se pueda decir con tanta certidumbre que se ha estado ya en él”. Tal sería entonces la esencia del paisaje (elegido por el deseo): heimlich, despertando en mí la Madre (en modo alguno inquietante) (Barthes, 1990: 84).

Cuando Gihan Tubbeh se pregunta por el origen que la precede, refiere al grado cero, a la esencia. Se aleja de aquello reconocible y se sumerge en la misma naturaleza para hallar en ella la forma de la herencia. De esta manera, delimita el espacio a observar y nos convoca a entrar en su territorio, en esa cordillera heredada que solo le pertenece a ella. El título de la muestra esconde en el posesivo (mi cordillera) el guiño de la fotógrafa, quien nos recalca que eso que vemos es su mirada. Sin embargo, no debe leerse esto como una imposición sino como un acto de amor, de despojamiento, de apertura, como esa pregunta con la cual inicia su recorrido y que comparte con quiénes observan sus imágenes: ¿cómo retratar el lugar que nos antecede, que nos anticipa y que nos nace?

La herencia de mi cordillera es una poesía a la madre que se manifiesta en la metáfora del cuerpo femenino trascendida por la magnanimidad de la cordillera, por la bravura de los ríos, por las curvaturas de la montaña, por la extrañeza de una gota de agua, por la cartografía del desierto que implosiona en la mirada del espectador. La imposibilidad de regresar al lugar de origen es patente; sin embargo, es esa misma imposibilidad la que conduce a la fotógrafa a seguir buscando.

 

Luisa Fernanda Lindo

Curadora